Los cuentos han sido utilizados desde tiempos atrás ,como una herramienta didáctica que permite ir desarrollando en los niños competencias comunicativas ,argumentativas ,interpretativas ,que serán luego la pauta para el desarrollo de habilidades fundamentales en su constante interacción con un mundo en el que es necesario tener la capacidad de leer ,escribir, hablar y escuchar .
En este nuevo blog he decidido poner 5 cuentos tradicionales, ya que me parece que la literarura infantil de toda la vida puede seguir enseñandonos cosas nuevas y trabajar con estos cuentos valores y tradiciones.
¡LAS ZAPATILLAS ROJAS!
Hace mucho, mucho tiempo, vivía una hermosa niña que se llamaba
Karen. Su familia era muy pobre, así que no podía comprarle aquello que
ella deseaba por encima de todas las cosas: unas zapatillas de baile de
color rojo.
Porque lo que más le gustaba a Karen era bailar, cosa que hacía continuamente.
A menudo se imaginaba a sí misma como una estrella del baile, recibiendo felicitaciones y admiración de todo el mundo.

Al morir su madre,
una atesorada señora acogió a la niña y la cuidó como si fuera hija
suya. Cuando llegó el momento de su puesta de largo, la llamó a su
presencia:
- Ve y cómprate calzado adecuado para la ocasión.
- Le dijo su benefactora alargándole el dinero.
Pero Karen, desobedeciendo, y aprovechando que la vieja dama no veía muy bien, encargó a la zapatera un par de zapatos rojos de baile. El día de la celebración, todo el mundo miraba los zapatos rojos de Karen.
Incluso alguien hizo notar a la anciana mujer que no estaba bien
visto que una muchachita empleara ese tono en el calzado. La mujer,
enfadada con Karen por haber desobedecido, la reprendió allí mismo:
- Eso es coquetería y vanidad, Karen, y ninguna de esas cualidades te ayudará nunca.
Sin embargo, la niña aprovechaba cualquier ocasión para lucirlos. La
pobre señora murió al poco tiempo y se organizó el funeral. Como había
sido una persona muy buena, llegó gente de todas partes para celebrar el
funeral.
Cuando Karen se vestía para acudir, vio los zapatos rojos con su charol brillando en la oscuridad. Sabía que no debía hacerlo, pero, sin pensárselo dos veces, cogió las zapatillas encantadas y metió dentro sus piececitos:
-¡Estaré mucho más elegante delante de todo el mundo!- se dijo. Al
entrar en la iglesia, un viejo horrible y barbudo se dirigió a ella:
-¡Qué bonitos zapatos rojos de baile! ¿Quieres que te los limpie?- le dijo.
Karen pensó que así los zapatos brillarían más y no hizo caso de lo
que la señora siempre le había recomendado sobre el recato en el vestir. El hombre miró fijamente las zapatillas, y con un susurro y un golpe en las suelas les ordenó:
-¡Ajustaos bien cuando bailéis!
Al salir de la iglesia, ¡Cuál sería la sorpresa de Karen al sentir un
cosquilleo en los pies! Las zapatillas rojas se pusieron a bailar como
poseídas por su propia música.
Las gentes del pueblo, extrañadas, vieron como Karen se alejaba bailando por las plazas, los prados y los pastos.
Por más que lo intentara, no había forma de soltarse los zapatos:
estaban soldados a sus pies, ¡y ya no había manera de saber qué era pie y
qué era zapato! Pasaron los días y Karen seguía bailando y bailando.
¡Estaba tan cansada...! y nunca se había sentido tan sola y triste. Lloraba y lloraba
mientras bailaba, pensando en lo tonta y vanidosa que había sido, en lo
ingrata que era su actitud hacia la buena señora y la gente del pueblo
que la había ayudado tanto.
- ¡No puedo más!- gimió desesperada -¡Tengo que quitarme estos zapatos aunque para ello sea necesario que me corten los pies!-
Karen se dirigió bailando hacia un pueblo cercano donde vivía un
verdugo muy famoso por su pericia con el hacha. Cuando llegó, sin dejar
de bailar y con lágrimas en los ojos gritó desde la puerta:
-¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar porque estoy bailando.
-¿Es que no sabes quién soy? ¡Yo corto cabezas!, y ahora siento cómo mi hacha se estremece.- dijo el verdugo.
-¡No me cortes la cabeza -dijo Karen-, porque entonces no podré
arrepentirme de mi vanidad! Pero por favor, córtame los pies con los
zapatos rojos para que pueda dejar de bailar.
Pero cuando la puerta se abrió, la sorpresa de Karen fue mayúscula. El terrible verdugo no era otro que el mendigo limpiabotas que había encantado sus zapatillas rojas.
-¡Qué bonitos zapatos rojos de baile!- exclamó -¡Seguro que se
ajustan muy bien al bailar!- dijo guiñando un ojo a la pobre Karen
-Déjame verlos más de cerca...-. Pero nada más tocar el mendigo los
zapatos con sus dedos esqueléticos, las zapatillas rojas se detuvieron y
Karen dejó de bailar.
Aprendió la lección,
las guardó en una urna de cristal y no pasó un solo día en el que no
agradeciera que ya no tuviera que seguir bailando dentro de sus
zapatillas rojas.
FIN.
El Mago de Oz.
Dorita era una niña que vivía en una granja de Kansas con sus tíos y su perro Totó.
Un día, mientras la niña jugaba con su perro por los alrededores de la
casa, nadie se dio cuenta de que se acercaba un tornado. Cuando Dorita
lo vio, intentó correr en dirección a la casa, pero su tentativa de
huida fue en vano. La niña tropezó, se cayó, y acabó siendo llevada,
junto con su perro, por el tornado.
Los tíos vieron desaparecer en cielo a Dorita y a Totó, sin que
pudiesen hacer nada para evitarlo. Dorita y su perro viajaron a través
del tornado y aterrizaron en un lugar totalmente desconocido para ellos.

Allí, encontraron unos extraños personajes y un hada que,
respondiendo al deseo de Dorita de encontrar el camino de vuelta a su
casa, les aconsejaron a que fueran visitar al mago de Oz. Les indicaron el camino de baldosas amarillas, y Dorita y Totó lo siguieron.
En el camino, los dos se cruzaron con un espantapájaros que pedía,
incesantemente, un cerebro. Dorita le invitó a que la acompañara para
ver lo que el mago de Oz podría hacer por él. Y el espantapájaros
aceptó. Más tarde, se encontraron a un hombre de hojalata que, sentado
debajo de un árbol, deseaba tener un corazón.
Dorita le llamó a que fuera con ellos a consultar al mago de Oz. Y
continuaron en el camino. Algún tiempo después, Dorita, el
espantapájaros y el hombre de hojalata se encontraron a un león rugiendo
débilmente, asustado con los ladridos de Totó.
El león lloraba porque quería ser valiente. Así que todos decidieron seguir el camino hacia el mago de Oz,
con la esperanza de hacer realidad sus deseos. Cuando llegaron al país
de Oz, un guardián les abrió el portón, y finalmente pudieron explicar
al mago lo que deseaban. El mago de Oz les puso una condición: primero
tendrían que acabar con la bruja más cruel de reino, antes de ver solucionados sus problemas. Ellos los aceptaron.
Al salir del castillo
de Oz, Dorita y sus amigos pasaron por un campo de amapolas y ese
intenso aroma les hizo caer en un profundo sueño, siendo capturados por
unos monos voladores que venían de parte de la mala bruja. Cuando
despertaron y vieron a la bruja, lo único que se le ocurrió a Dorita fue
arrojar un cubo de agua a la cara de la bruja, sin saber que eso era lo
que haría desaparecer a la bruja.
El cuerpo de la bruja se convirtió en un charco de agua, en un
pis-pas. Rompiendo así el hechizo de la bruja, todos pudieron ver como
sus deseos eran convertidos en realidad, excepto Dorita. Totó, como era
muy curioso, descubrió que el mago no era sino un anciano que se
escondía tras su figura. El hombre llevaba allí muchos años pero ya
quería marcharse. Para ello había creado un globo mágico. Dorita decidió
irse con él. Durante la peligrosa travesía en globo, su perro se cayó y
Dorita saltó tras él para salvarle.
En su caída la niña soñó con todos sus amigos, y oyó cómo el hada le decía:
- Si quieres volver, piensa: “en ningún sitio se está como en casa”.
Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a sus tíos y salió
corriendo. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño que ella nunca
olvidaría... ni tampoco sus amigos.
FIN.
El traje nuevo del Emperador.
Hace muchos años vivía un Emperador que gastaba todas sus rentas en lucir siempre trajes nuevos.
Tenía un traje para cada ocasión y hora de día. La ciudad en que vivía
el Emperador era muy movida y alegre. Todos los días llegaban tejedores
de todas las partes del mundo para tejer los trajes más maravillosos para el Emperador.
Un día se presentaron dos bandidos que se hacían pasar por tejedores, asegurando tejer las telas más hermosas, con colores y dibujos
originales. El Emperador quedó fascinado e inmediatamente entregó a los
dos bandidos un buen adelanto en metálico para que se pusieran manos a
la obra cuanto antes.

Los ladrones montaron un telar y simularon que trabajaban.
Y mientras tanto, se suministraban de las sedas más finas y del oro de
mejor calidad. Pero el Emperador, ansioso por ver las telas, envió al
viejo y digno ministro a la sala ocupada por los dos supuestos
tejedores. Al entrar en el cuarto, el ministro se llevó un buen susto
'¡Dios nos ampare! ¡Pero si no veo nada!'
Pero no soltó palabra. Los dos bandidos le rogaron que se acercase y
le preguntaron si no encontraba magníficos los colores y los dibujos. Le
señalaban el telar vacío y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, sin ver nada. Pero los bandidos insistían: '¿No dices nada del tejido?'
El hombre, asustado,
acabó por decir que le parecía todo muy bonito, maravilloso y que diría
al Emperador que le había gustado todo. Y así lo hizo. Los estafadores
pidieron más dinero, más oro y se lo concedieron. Poco después, el
Emperador envió a otro ministro para inspeccionar el trabajo de los dos
bandidos. Y le ocurrió lo mismo que al primero.
Pero salió igual de convencido de que había algo, de que el trabajo
era formidable. El Emperador quiso ver la maravilla con sus propios
ojos. Seguido por su comitiva, se encaminó a la casa de los estafadores.
Al entrar no vio nada. Los bandidos le preguntaron sobre el admirable
trabajo y el Emperador pensó:
'¡Cómo! Yo no veo nada. Eso es terrible. ¿Seré tonto o acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso'. Con miedo de perder su cargo, el emperador dijo:
- Oh, sí, es muy bonita. Me gusta mucho. La apruebo. Todos los de su
séquito le miraban y remiraban. Y no entendían al Emperador que no se
cansaba de lanzar elogios a los trajes y a las telas.
Y se propuso a estrenar los vestidos
en la próxima procesión. El Emperador condecoró a cada uno de los
bribones y los nombró tejedores imperiales. Sin ver nada, el Emperador
probó los trajes, delante del espejo. Los probó y los reprobó, sin ver
nada de nada. Y todos exclamaban: - ¡Qué bien le sienta! ¡Es un traje
precioso!
Fuera, la procesión lo esperaba. Y el Emperador salió y desfiló por
las calles del pueblo sin llevar ningún traje. Nadie permitía que los
demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz o
por estúpido, hasta que exclamó de pronto un niño:
- ¡Pero si no lleva nada!
- ¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia!, dijo su padre; y
todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el
pequeño.
- ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
- ¡Pero si no lleva nada!, gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que el pueblo tenía razón;
mas pensó: 'Hay que aguantar hasta el fin'. Y siguió más altivo que
antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente
cola.
FIN
Piel de Asno.
Érase una vez un rey que profesaba tal cariño por su esposa, como
nunca otra persona pudo querer a un semejante. La felicidad de los
monarcas se completaba con la presencia de una joven, su hija, que había
heredado la belleza de su madre y crecía en inteligencia y bondad.
Un mal día la reina cayó enferma y los médicos de la corte no
pudieron más que diagnosticar un triste desenlace muy próximo. El buen
rey estaba desolado. Lloraba junto al lecho de su esposa, mientras ella
le decía: -No dudéis en volveros a casar, cuando yo ya no esté. Sólo os pido que la escogida sea más bella que yo-. Y dicho esto, la reina suspiró por última vez, cerrando los ojos para siempre.

El dolor, aunque nunca cicatrice del todo, disminuye con el tiempo, y
el rey, que todavía era joven, sintió un día la necesidad de casarse.
Se convocó a las damas más radiantes de todos los condados… Pero el rey
las rehusaba una a una, porque ninguna igualaba siquiera la belleza de
la reina fallecida.
El rey vio una mañana a su hija en el jardín y por primera vez se
fijó en ella como la esplendorosa mujer que ya era, una joven que reunía
la misma belleza que su madre. El rey no se lo pensó dos veces y sin
meditar en lo monstruoso de su proposición, declaró que se casaría con
su hija. La princesa, al conocer la noticia, se sintió tan desgraciada que corrió en busca de su hada madrina, para pedirle consejo.
- No se lo tengáis muy en cuenta a vuestro padre, está desquiciado.
Vos seguid mis consejos y veréis como esa locura queda olvidada con
rapidez-. Así lo hizo la princesa; se trataba de dar largas a su padre;
pidiéndole las cosas más extrañas que pudiera imaginarse, antes de
celebrarse la boda. Por ejemplo, la princesa pidió un vestido de color
de luna, una capa de color de sol y unos zapatos cuajados de pedrería.
El rey cumplía esos deseos a rajatabla, con una rapidez pasmosa,
ansiando que llegara el momento de ese enlace antinatural que pretendía.
Viendo que esas artimañas no daban resultado, el hada le dijo a la princesa: —Ve a los establos, coge una piel de asno que allí encontrarás y disfrázate con ella.
Luego, abandona el palacio y no muestres más tu rostro, hasta que sepas
que el rey ha olvidado su idea. La princesa partió hacia su destierro.
Al poco de descubrirse la desaparición de la princesa, el rey ordenó
que fuese buscada por todo el país. Pero la princesa siguió andando,
cada vez más lejos, y nadie la relacionaba con la hija del rey. Así
llegó un día a una granja,
más allá de las fronteras de su país, donde la propietaria del lugar
accedió a tomarla como criada, ya que necesitaba a alguien que limpiase
la piara de los cerdos cada día. Pronto quedó la princesa bautizada como
Piel de Asno; los criados se reían de su vestimenta y hacían bromas crueles con ella.
Una vez a la semana, Piel de Asno se olvidaba de sus cerdos
retirándose discretamente a un río cercano y lavándose de tanta mugre
como recogía a diario. Fue en una de esas ocasiones, cuando acertó a pasar por allí el hijo del rey del lugar y quedó tan admirado de su belleza que corrió hacia ella.
Pero la princesa ya se había marchado cuando el príncipe llegó. La
impresión recibida por el joven fue tan grande que se sumió en la
tristeza, pensando en la princesa.
La melancolía del príncipe se agravó con el paso de los días, hasta
el extremo de que su padre, enterado de los sentimientos del joven,
mandó buscar a la misteriosa belleza que había robado el corazón a su
hijo. Cuando la princesa supo que el príncipe la buscaba, preparó un
riquísimo pastel, dentro del cual introdujo su anillo, haciéndolo llegar
a palacio. Tan pronto el príncipe probó el pastel, la alegría volvió a su rostro, aunque no supiese exactamente por qué.
Partieron de nuevo los emisarios por todo el país, probando el anillo a todas las doncellas casaderas.
Pero milagrosamente, ningún dedo se ajustaba a él. El día que la
escolta real llegó a la granja, todas las criadas y la misma granjera
hicieron la prueba con el anillo, pero sus zafias manos no estaban
preparadas para tan fina joya. —¿Hay alguien más en esta granja?
—preguntó el emisario—. ¿Alguna otra mujer? —No, ninguna —respondió la
granjera—. A menos que toméis por mujer a Piel de Asno… —y estalló en
carcajadas.
Sin embargo, las órdenes debían cumplirse y Piel de Asno tuvo que probar aquel anillo
que tan bien conocía. La sorpresa fue enorme: como es lógico, la joya
encajaba perfectamente en su anular. Pero las sorpresas no acabaron ahí:
cuando Piel de Asno se retiró un instante, para vestirse con los
suntuosos ropajes que guardaba en su baúl y regresó, dispuesta a
acompañar al mensajero, todos cayeron de rodillas, sin creer en lo que
estaban viendo.
La princesa y el hijo del rey se confesaron su mutuo amor.
Y como no había motivo para demorar por más tiempo la boda, se celebro
la boda a los pocos días no sin antes exigir Piel de Asno la presencia
de su padre. El hada de las Lilas superisó todo para que saliera bien. Y
así fue. Pero el rey había reflexionado mucho, desde que su hija
abandonó palacio
—¡Hija mía! —abrazó el rey a la princesa—. ¿Podrás perdonarme alguna
vez? Ella le perdonó, porque en su corazón ya no cabían más que la dicha
y el contento. Y así fue como, a partir de esta fecha, en el país del
joven príncipe y de la bella princesa, no hubo animalitos más agasajados
y queridos que los simpáticos asnos, ya que gracias a la piel de uno de
ellos, su futura soberana alcanzó la felicidad.
FIN
El miedo es uno de los problemas infantiles que más preocupan a los padres. Este cuento de Juan sin miedo, da un ejemplo de que todos, en un determinado momento, sentimos miedo, en pequeña o gran medida.
Juan sin miedo.
Érase una vez, en una pequeña aldea, un anciano padre con sus dos hijos.
El mayor era trabajador y llenaba de alegría y de satisfacción el
corazón de su padre, mientras el más joven sólo le daba disgustos. Un
día el padre le llamó y le dijo:
- Hijo mío, sabes que no tengo mucho que dejaros a tu hermano y a ti,
y sin embargo aún no has aprendido ningún oficio que te sirva para
ganarte el pan. ¿Qué te gustaría aprender?
Y le contestó Juan:
- Muchas veces oigo relatos que hablan de monstruos, fantasmas,… y al contrario de la gente, no siento miedo. Padre, quiero aprender a sentir miedo.
El padre, enfadado, le gritó:
- Estoy hablando de tu porvenir, y ¿tú quieres aprender a tener miedo? Si es lo que quieres, pues márchate a aprenderlo.
Juan recogió sus cosas, se despidió de su hermano
y de su padre, y emprendió su camino. Cerca de un molino encontró a un
sacristán con el que entabló conversación. Se presentó como Juan Sin
Miedo.
- ¿Juan Sin Miedo? ¡Extraño nombre! - Se sorprendió el sacristán.
- Verás, nunca he conocido el miedo, he partido de mi casa con la
intención de que alguien me pueda mostrar lo que es, - dijo Juan.
- Quizá pueda ayudarte: Cuentan que más allá del valle, muy lejos,
hay un castillo encantado por un malvado mago. El monarca que allí
gobierna ha prometido la mano de su linda hija a aquel que consiga
recuperar el castillo y el tesoro. Hasta ahora, todos los que lo
intentaron huyeron asustados o murieron de miedo.
- Quizá, quizá allí pueda sentir el miedo- se animó Juan.
Juan decidió caminar, vislumbró a lo lejos las torres más altas de un
castillo en el que no ondeaban banderas. Se acercó y se dirigió a la
residencia del rey. Dos guardias reales cuidaban la puerta principal.
Juan se acercó y dijo:
- Soy Juan Sin Miedo, y deseo ver a vuestro Rey. Quizá me permita entrar en su castillo y sentir eso a lo que llaman miedo.
El más fuerte le acompañó al Salón del Trono. El
monarca expuso las condiciones que ya habían escuchado otros candidatos:
si consigues pasar tres noches
seguidas en el castillo, derrotar a los espíritus y devolverme mi
tesoro, te concederé la mano de mi amada y bella hija, y la mitad de mi
reino como dote.
- Se lo agradezco, su Majestad, pero yo sólo he venido para saber lo que es el miedo- le dijo Juan.
"Qué hombre tan valiente, qué honesto", pensó el rey, "pero ya guardo
pocas esperanzas de recuperar mis dominios,...tantos han sido los que
lo han intentado hasta ahora..." Juan sin Miedo se dispuso a pasar la
primera noche en el castillo. Le despertó un alarido impresionante.
- ¡Uhhhhhhhhh!- un espectro tenebroso se deslizaba sobre el suelo sin tocarlo.
- ¿Quién eres tú, que te atreves a despertarme? - preguntó Juan.
Un nuevo alarido por respuesta, y Juan Sin Miedo le tapó la boca con
una bandeja que adornaba la mesa. El espectro quedó mudo y se deshizo en
el aire. A la mañana siguiente el soberano visitó a Juan Sin Miedo y
pensó: "Es sólo una pequeña batalla. Aún quedan dos noches".
Pasó el día y se fue el sol. Como la noche anterior, Juan Sin Miedo se disponía a dormir,
pero esta vez apareció un fantasma espantoso que lanzó un bramido:
¡Uhhhhhhhhhh! Juan Sin Miedo cogió un hacha que colgaba de la pared, y
cortó la cadena que el fantasma arrastraba la bola. Al no estar sujeto,
el fantasma se elevó y desapareció.
El rey le visitó al amanecer y pensó: "Nada de esto habrá servido si
no repite la hazaña una vez más". Llegó el tercer atardecer, y después,
la noche. Juan Sin Miedo ya dormía cuando escuchó acercarse a una momia
espeluznante. Y preguntó:
- Dime qué motivo tienes para interrumpir mi sueño.
Como no contestaba, agarró un extremo de la venda y tiró. Retiró todas las vendas y encontró a un mago:
- Mi magia no vale contra ti. Déjame libre y romperé el encantamiento.
La ciudad en pleno se había reunido a las puertas del castillo, y
cuando apareció Juan Sin Miedo el soberano dijo: "¡Cumpliré mi promesa!"
Pero no acabó aquí la historia: cierto día en que el ahora príncipe
dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándole una pecera. Pero
tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre el
lecho que ocupaba Juan.
- ¡Ahhhhhh! - Exclamó Juan al sentir los peces en su cara - ¡Qué miedo!
La princesa reía viendo cómo unos simples peces de colores habían
asustado al que permaneció impasible ante espectros y aparecidos: Te
guardaré el secreto, dijo la princesa. Y así fue, y aún se le conoce como Juan Sin Miedo.
FIN
Un cuento de los hermanos Grimm
El cuento que me gusta para trabajar en clase con los niños es este último. "Juan sin miedo".
Me parece interesante indagar en este sentimiento que tiene muchos niños y trabajarlo de manera natural como en el cuento, ya que hace ver que cada uno tiene un miedo distinto a las cosas, no es solo por ser valiente como Juan, ya que puede con un fantasma y no con un pez.
Propondría una actividad donde cada niño tuviera que enfrentarse a un miedo distinto. Cada uno escribirá algun objeto, animal o cosa que le produzca este sentimiento y uno a uno iremos sacando un papel y el miedo que le toque lo tendrá que vencer de la manera que él quiera, o ideando cualquier idea cómica para que esa cosa nos produzca risa en vez de temor.
Espero que os guste mi segunda parte del blog chicas. Un saludo a todas.




